Europa lleva años construyendo su prosperidad sobre una paradoja: su agricultura depende de fertilizantes que no puede producir y, para fabricar algunos de ellos, necesita además un gas cuyo suministro tampoco controla. Dos dependencias entrelazadas que, hasta hace poco, pasaban inadvertidas en tiempos de estabilidad. La guerra en Ucrania fue el primer aviso, el cierre del Estrecho de Ormuz en 2026 ha sido la confirmación.
Dependencia de fertilizantes inorgánicos
El consumo anual de fertilizantes minerales de la UE se situó en los 9,8 millones de toneladas (nitrógeno y fósforo) en 2024, y la dependencia del exterior es estructuralmente crítica en los tres grandes nutrientes (N, P, K). En abril de 2026, los precios generales de los fertilizantes nitrogenados fueron un 71% superiores al promedio de 2024.


En fertilizantes nitrógenados la UE importa entre el 30 y el 40% de lo que consume. El producto estrella es la urea, cuya fabricación, mediante el proceso Haber-Bosch, depende directamente del gas natural. Como este representa alrededor del 70 % de los costes de producción, el aumento de su precio y su elevada volatilidad reducen la competitividad de la industria europea y aumentan la dependencia de las importaciones. Los principales proveedores son Rusia (históricamente uno de los mayores suministradores, aunque con altibajos por sanciones y tensiones geopolíticas), Egipto (actor clave por su acceso a gas barato), Argelia ( importante proveedor para el sur de Europa), Qatar (gran productor gracias a sus reservas de gas) y Países del Golfo (Arabia Saudí, Omán).
En fosfatos, la dependencia alcanza el 70%. Cabe recordar que los fosfatos son un recurso finito, limitado y no renovable, procedentes de los yacimientos de roca fosfórica. Las reservas están muy concentradas en pocos países, especialmente en Marruecos (incluyendo el Sáhara Occidental), que concentra la mayor parte de las reservas mundiales. Otros países relevantes son China, EE. UU., Rusia.
En potasa la dependencia alcanza el 40%. Bielorrusia ha sido tradicionalmente uno de los mayores suministradores de la UE. Rusia, otro actor clave en el mercado global de potasa y Canadá, mayor productor mundial, con creciente peso en Europa tras las sanciones a Bielorrusia y Rusia.
Soberanía energética
Pero el problema va más allá de los fertilizantes. La UE importa también grandes volúmenes de gas natural, materia prima esencial tanto para la generación de energía como para fabricar fertilizantes, en concreto amoníaco y urea.
El Estrecho de Ormuz es la única salida marítima del Golfo Pérsico hacia el resto del mundo. A través de sus apenas 3-4 km de canal navegable transita una parte muy significativa del petróleo, el gas natural licuado y los fertilizantes exportados por países como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Irak. De ahí su importancia estratégica: los países del Golfo concentraban en 2024 alrededor del 43 % del comercio marítimo mundial de urea y el 44 % del de azufre elemental, una materia prima indispensable para la producción de fertilizantes fosfatados. Por eso, cuando el estrecho se bloquea, no se interrumpe un suministro, sino dos a la vez: el de energía y el de los fertilizantes, dos pilares de nuestra soberanía alimentaria golpeados por el mismo evento.
Aunque las importaciones europeas procedentes de esta región representan una pequeña parte del total (alrededor del 3 % en amoníaco y entre el 1 % y el 2 % en fertilizantes nitrogenados), el carácter global del mercado hace que cualquier interrupción del comercio tenga un efecto inmediato sobre los precios.
Cuando las granjas entran en la ecuación
Reducir esta doble dependencia podría pasar, al menos en parte, por revalorizar recursos que ya tenemos disponibles y que hasta ahora apenas hemos considerado estratégicos: las deyecciones ganaderas.
Las deyecciones ganaderas, gestionadas históricamente como un residuo problemático, son una fuente simultánea de fertilizantes locales y de biogás. Mediante digestión anaeróbica, purines, estiércoles y gallinaza se transforman en digestato —un subproducto rico en nitrógeno, fósforo y potasio— y en biogás, que puede convertirse en electricidad, calor o biometano.
Para las granjas, este enfoque supone un cambio de paradigma. Ya no se trata únicamente de “gestionar residuos”, sino de participar en un sistema circular capaz de recuperar nutrientes, reducir la dependencia de fertilizantes minerales importados y generar energía en el propio territorio. En zonas con elevada concentración ganadera, especialmente en porcino, la clave no está solo en producir biogás, sino también en organizar de forma eficiente la separación, concentración, transporte y aplicación de los nutrientes allí donde realmente se necesitan.
El reto, sin embargo, no es menor. Para que las deyecciones ganaderas puedan formar parte de la solución, hacen falta plantas adaptadas a la realidad de las granjas, modelos de cooperación entre productores, seguridad jurídica, inversión, trazabilidad de los nutrientes y una normativa que diferencie claramente entre estiércol bruto y productos fertilizantes recuperados mediante tratamientos avanzados.
Una de las iniciativas que mejor refleja este cambio de enfoque es RENURE (REcovered Nitrogen from manURE). El concepto hace referencia a fertilizantes obtenidos a partir del tratamiento de deyecciones ganaderas —como el digestato, el sulfato amónico recuperado o los concentrados de nitrógeno— capaces de aportar nutrientes de forma similar a los fertilizantes minerales. El pasado mes de febrero la Comisión europea adoptó nuevas normas sobre el nitrógeno RENURE que contribuirán a reducir la dependencia de los agricultores respecto de los fertilizantes importados. Esta nueva normativa permite que el uso de fertilizantes RENURE supere el límite fijado por la Directiva sobre nitratos para la aplicación de estiércol y estiércol transformado.
Ante toda esta situación, nos hacemos varias preguntas: ¿pueden las deyecciones realmente convertirse en una herramienta relevante para la soberanía energética y fertilizante europea?,¿qué barreras técnicas, económicas y regulatorias deben superarse?,¿hasta qué punto puede el sector ganadero formar parte de la solución?

En la segunda parte de este artículo abordaremos estas cuestiones de la mano de Xavier Flotats, una de las principales referencias europeas en digestión anaerobia, valorización de deyecciones ganaderas y producción de biogás.
