La mortalidad de las cerdas reproductoras ha dejado de ser un indicador secundario para convertirse en uno de los principales desafíos de la producción porcina moderna. No solo representa la pérdida de un animal con valor genético y productivo, sino que altera la estructura censal, incrementa las necesidades de reposición y los días no productivos.
Atribuir el aumento de la mortalidad exclusivamente a la genética, la sanidad o la alimentación conduciría a un diagnóstico incompleto. La cerda moderna combina mayor prolificidad, alta producción de leche e intensidad reproductiva, lo que incrementa la demanda metabólica, especialmente durante el periparto y la lactación.
Una dieta no puede «resolver» por sí sola este problema. La nutrición debe utilizarse para aumentar la resiliencia y reducir factores predisponentes, dentro de un programa que incluya diagnóstico, sanidad, ambiente, manejo y seguimiento individual.
La primera prioridad es evitar los extremos. La curva de alimentación debe adaptarse al número de parto, genética, peso y reservas corporales, en lugar de aplicar una cantidad uniforme a todo el lote. El programa nutricional debe incluir, por tanto, la verificación de la ingesta real y de la conducta alimentaria.
La mortalidad elevada no es únicamente un problema nutricional, pero tampoco puede abordarse sin nutrición. El objetivo ya no debe ser alimentar a la cerda para alcanzar el siguiente parto, sino sostener su función metabólica, locomotora y reproductiva durante varios ciclos.
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