El canal de los fertilizantes: el eslabón clave
Ante los conflictos geopolíticos el sector agropecuario no queda expuesto por lo que ocurre en el campo de batalla, sino por su propia estructura de costos: es intensivo en uso de energía y está integrado al mercado energético de manera indirecta, a través de los fertilizantes con los que se producen sus materias primas. Por otro lado, los países del Golfo Pérsico concentran el 35 % de las exportaciones mundiales de urea —el fertilizante nitrogenado de mayor uso—, el 25 % de fosfato diamónico, el 20 % de amoníaco y el 40 % de azufre, estos dos últimos, insumos clave en la fabricación de fertilizantes. Así las cosas, los precios de los fertilizantes nitrogenados subieron más y de forma más persistente que los propios precios de la energía, y la razón es de fondo: el gas natural no es solo el energético con el que se produce la urea, es también su materia prima. Cuando el gas se encarece, el costo del fertilizante sube por dos vías a la vez, y esa doble exposición explica por qué el índice de fertilizantes se despega del índice de energía en lugar de seguirlo.
El FMI lo dimensiona en su informe más reciente, estimando un aumento del precio del crudo de +31,8 % frente a 2025. El Banco Mundial, por su parte, proyecta para 2026 un alza de 31 % en los precios de los fertilizantes —casi el doble que el índice energético general, de 24 %—, mientras que el índice agrícola general caería 6 %, ya que el desplome de las bebidas compensa un alza moderada de apenas 2 % en los precios de los alimentos. La OCDE, con el modelo Aglink-Cosimo, simuló además un escenario de crudo a 115 USD por barril —53 % sobre su línea base— y obtuvo un alza de 47 % en los precios mundiales de fertilizantes, con precios agrícolas promedio 4,5 % por encima de la base en 2026 y 8,3 % en 2027, para luego retornar de manera gradual hacia la línea base. Estas cifras dimensionan el efecto tan grande que tiene el cambio de una sola variable como es el precio del crudo en los precios agrícolas.

El canal de los biocombustibles: la competencia entre alimento y energía
Se analiza ahora un mecanismo que con frecuencia se explica de manera imprecisa. Existen dos biocombustibles distintos con materias primas distintas: el etanol, que se mezcla con la gasolina y se produce a partir de maíz y cultivos azucareros como la caña; y el biodiésel, que se mezcla con el diésel y se produce a partir de aceites vegetales. Ambos compiten por materias primas que nuestro sector necesita, pero por rutas separadas.
El encarecimiento del petróleo activa este canal por dos vías. La primera es de mercado y opera sola, sin que ningún gobierno intervenga: cuando el crudo sube, mejoran la competitividad y los márgenes de los biocombustibles frente a los combustibles fósiles, de modo que se vuelve rentable destinar más maíz, más caña y más aceites vegetales a la producción energética.
La segunda vía es de política pública y amplifica la primera. Según el AMIS Market Monitor de marzo de 2026, países como India, Estados Unidos, Filipinas, Ucrania y Vietnam anunciaron medidas para expandir el uso de biocombustibles: nuevos estándares de combustibles renovables, mayores requisitos obligatorios de mezcla y más flexibilidad en las condiciones de venta. En ese sentido, ampliar las fórmulas de mezcla no es una decisión abstracta: se traduce en más demanda por el mismo maíz con el que se elabora el alimento de nuestro sector. De hecho, es este mecanismo de retroalimentación el que hace que la respuesta de los precios agrícolas al precio del crudo no sea lineal: al simular choques de 95, 115 y 135 USD por barril, la OCDE encuentra que el efecto sobre los precios agrícolas crece de forma más que proporcional.
El rezago: ¿por qué los efectos se materializarían hasta 2027?
Este rezago es la clave para entender por qué el episodio no terminó cuando el barril volvió a 72 USD. Los productores del hemisferio norte ya habían asegurado sus fertilizantes mediante contratos a término antes del pico alcanzado durante el conflicto, de modo que el ajuste real no ocurriría en la actual cosecha 2026/27 sino en las decisiones de siembra y los rendimientos de la campaña 2027/28. La secuencia es la siguiente: al no haber podido comprar fertilizantes al precio “normal”, el productor de granos enfrenta dos alternativas, sembrar menos área o reducir la dosificación de fertilizante por hectárea; cualquiera de las dos se traduce en menores rendimientos, los menores rendimientos reducen la oferta disponible y la menor oferta presiona el precio del maíz y de la soja al alza. Ese es el momento en que el choque energético de 2026 llega, con año y medio de retraso, a la factura del alimento balanceado en Latinoamérica en 2027.
Asimismo, la OCDE advierte que los países importadores netos de fertilizantes cuya demanda se concentra más adelante en la temporada de siembra estarían particularmente expuestos, y menciona de manera explícita a India y Brasil. Este último debe subrayarse, ya que el gigante sudamericano no es un tercero en esta historia, es el principal productor y proveedor de soja del mundo a la vez que es el tercer productor y el segundo exportador de maíz a nivel global. Así las cosas, si uno de nuestros mayores proveedores de maíz y soja es a la vez uno de los importadores de fertilizantes más expuestos al choque, nuestra exposición no es solo por el precio internacional, también es de disponibilidad y de costo de origen.
Y hay un dato que nos toca directamente: la OCDE proyecta que el impacto en precios sería más pronunciado en carne de cerdo y de pollo que en carne de res, por la mayor dependencia de los sistemas intensivos respecto del alimento balanceado frente a los sistemas bovinos de pastoreo. Ante un mismo choque energético, el sector porcino recibe una porción del impacto mayor que la de otras proteínas con las que compite en el mostrador
Latinoamérica: expuesta por el lado de los insumos
Latinoamérica absorbió mejor el golpe del conflicto a nivel macroeconómico. El Banco Mundial proyecta un crecimiento regional de 2,2 % en 2026 (tan solo 1 punto porcentual por debajo de 2025), con repunte a un promedio de 2,5 % en 2027-28, y una inflación que cedería paulatinamente. No obstante, la verdadera exposición del sector porcino en Latinoamérica no estaría en el crecimiento del PIB o en la inflación, sino en la matriz de costos. Se sabe que el alimento balanceado pesa entre el 70 % y el 75 % de la estructura de costos, y el maíz y la soja —los insumos que la mayoría de los países de la región importan— representan hasta el 80 % de una fórmula típica regional. Por eso, cuando el costo del insumo importado y del flete sube, ese porcentaje deja de ser un dato de comercio exterior y logístico y se convierte directamente en afectación al margen de utilidad.
Y aquí se produce la doble exposición que se considera define nuestra vulnerabilidad, pues Latinoamérica es importador neto de las materias primas que determinan la mayor parte de su costo y, al mismo tiempo, opera en economías donde el endurecimiento de las políticas monetarias derivado del mismo choque de oferta eleva el costo del capital de trabajo con el que financia esas compras de materias primas. El conflicto encarece el insumo y, por otra vía, encarece el crédito con el que se compra.
Por ahora el balance de granos y oleaginosas ayuda. Según el informe de WASDE de junio se proyecta una producción mundial de maíz de 1300,4 Mt y de 441,3 Mt soja para la campaña 2026/27, lo cual asegura la disponibilidad de materias primas para esta cosecha, así que el efecto del encarecimiento de los fertilizantes del que se viene hablando lo veríamos en el ciclo 2027/28.
A manera de conclusión
El valor de este análisis no está en ninguna cifra aislada, sino en el encadenamiento completo. El origen es un punto de interrupción logística, en un corredor por el que pasa gran parte del petróleo transportado vía marítima que se cierra de facto y, sin ruta alternativa en el corto plazo, que hace que el precio de la energía se dispare. De ahí, esto se ramifica en las tres direcciones que revisamos —fertilizantes, biocombustibles y logística— más una cuarta, macroeconómica y financiera, con inflación al alza, presiones cambiarias y tasas de interés más altas.
Pero hay una vuelta del circuito que pocas veces se analiza: los modelos hablan de precios internacionales de materias primas, no de precios al consumidor, y entre uno y otro hay factores que suman como procesamiento, transporte y distribución que también se encarecen con el mismo aumento de la energía. La OCDE es clara en que la inflación de alimentos al consumidor terminaría siendo superior a la de las materias primas, y esa inflación erosiona el ingreso de los hogares, que ajustan primero su canasta de proteína animal. El mismo choque que encarece el alimento balanceado y el crédito debilita la demanda por el producto final, pues el margen se comprime por los dos extremos a la vez, y esa es la factura completa que pasa un conflicto geopolítico al sector.
By Charly the Economist



