En esta primera entrega explicamos por qué la distancia geográfica no protege a nadie: revisamos los canales por los que un choque geopolítico se transmite a la economía mundial, y qué nos enseñó al respecto el antecedente más cercano que tenemos, la guerra entre Rusia y Ucrania.
En un reciente análisis de 360° sobre la porcicultura mundial y latinoamericana dirigido a empresarios del sector, se planteó un interrogante central: ¿cómo un conflicto bélico que ocurre a miles de kilómetros y que utiliza también "armas geopolíticas" bloqueando una de las principales rutas del comercio internacional termina influyendo en las cadenas de suministro globales y, directa o indirectamente, en los costos de producción de cualquier actividad agropecuaria? Lo paradójico es que la región donde se libra ese conflicto apenas aporta el 0,4% de la producción agrícola mundial y el 3% del comercio agrícola global. Así las cosas, el pasado cierre del estrecho de Ormuz es la ilustración más reciente de un fenómeno global que se repite cada vez que se enfrentan las denominadas potencias globales. El antecedente más cercano a este reciente conflicto y que es totalmente comparable lo encontramos en el inicio y escalamiento de la guerra Rusia-Ucrania, cuyos efectos aún se perciben en las economías mundiales.

Cinco meses de bloqueo en uno de los puntos comerciales más sensibles del mundo
La verdadera importancia del estrecho de Ormuz no radica en lo que produce, sino en lo que transita a través de ese paso obligatorio y estratégico para el suministro energético global. Según la Agencia Internacional de Energía, esta región concentró en 2025 el 34 % de las exportaciones mundiales de crudo y el 19 % del comercio global de gas natural licuado (GNL), con embarques originados sobre todo en los países del Golfo y destinados principalmente al mercado asiático. Más revelador aún es el dato del tránsito: cerca del 25 % del petróleo que se mueve por vía marítima en el mundo pasa por ese corredor, sin margen razonable de desvío inmediato hacia rutas alternativas. En términos económicos, la oferta energética mundial depende de un cuello de botella logístico que no tiene sustitutos disponibles en el corto plazo; de ahí la magnitud de la reacción de los precios.
De hecho, el cierre de facto del estrecho de Ormuz llevó al precio del petróleo de referencia Brent desde unos 67 USD por barril a comienzos de febrero a superar los 100 USD a inicios de marzo, hasta tocar los 138 USD el pasado 7 de abril. Por su parte, las cotizaciones del gas europeo subieron más del 50 % y el GNL spot asiático cerca de un 90 % desde el inicio del conflicto. Asimismo, y esto suele pasar desapercibido, los refinados —diésel y combustible marino— también aumentaron de manera marcada, encareciendo a la vez el transporte de insumos, la maquinaria agrícola y los fletes marítimos. No obstante, tras el anuncio del acuerdo de reapertura, que los mercados descontaron antes de su implementación efectiva, el crudo comenzó a normalizarse, promediando cerca de 85 USD en junio y regresando al rango de los 72 USD en julio.
Conviene matizar esa aparente normalización: el FMI, en su actualización de proyecciones de julio, asume que el estrecho iniciaría su reapertura a mediados de julio de 2026, pero que las condiciones solo volverían al estado previo a la guerra hacia marzo de 2027. Los precios de referencia ya cedieron, pero el organismo no considera el episodio cerrado en términos operativos, logísticos y mucho menos económicos, es decir, que los efectos de la interrupción en el suministro y la escalada de los precios del crudo se percibirán en los próximos meses e incluso a lo largo del próximo año.
Los tres canales de transmisión
De acuerdo con un informe reciente del FMI, los efectos derivados del cierre del estrecho de Ormuz podrían analizarse a través de tres canales complementarios entre sí.
El primero podríamos denominarlo un shock de oferta negativo, acorde con los principios de la teoría económica: al interrumpirse el flujo mundial de petróleo y gas natural se encarece todo bien intensivo en uso de energía —fertilizantes, químicos, alimentos, empaques, transporte—, lo que deriva en un aumento de la inflación general, la disrupción de las cadenas de suministro y la erosión del poder adquisitivo.
En segundo lugar, están los llamados efectos de segunda vuelta, que son los que determinan si un choque de este tipo queda contenido o se instala en la economía. El mecanismo funciona así: cuando el encarecimiento de la energía y los alimentos reduce el poder adquisitivo de los hogares, los trabajadores buscan compensar esa pérdida exigiendo ajustes salariales; las empresas, a su vez, absorben ese mayor costo laboral trasladándolo al precio final de sus bienes y servicios, lo cual erosiona nuevamente el ingreso real y reinicia el ciclo. Es lo que en la literatura económica se conoce como una espiral de precios y salarios, y marca la diferencia entre un choque que eleva el nivel de precios una sola vez y uno que se incorpora de manera persistente a la dinámica inflacionaria.
Ahora, en aras de la honestidad analítica, hay que decir que hasta ahora esa espiral no se ha materializado, un alivio que muestra que el sistema resistió mejor de lo temido. En su actualización de julio, el FMI señaló que la economía mundial resistió el choque mejor de lo temido, con evidencia limitada de efectos de segunda vuelta, y atribuyó ese resultado a la liberación de inventarios, la expansión de la producción petrolera fuera del Golfo, las medidas orientadas a moderar la demanda de crudo y, de manera estructural, al mayor peso de las energías renovables junto con una menor intensidad energética de las economías frente a la que tenían hace apenas unos años. En suma, el mundo llegó a este conflicto siendo menos dependiente del petróleo por unidad de producto, y eso amortiguó el golpe.
Finalmente, el tercer canal es la reacción del sector financiero: posturas monetarias más cautelosas, mayor aversión al riesgo, salida de capitales, aumento de las tasas de interés para contener la inflación y apreciación del dólar por la búsqueda de activos refugio. En este caso, las condiciones financieras se tensionaron con fuerza en abril, pero se relajaron después del anuncio del acuerdo y se mantienen en niveles favorables frente a los estándares históricos. Vale la pena señalar que este es el canal que convierte al productor agropecuario en afectado directo, pues el endurecimiento monetario encarece su capital de trabajo.
Lo que nos enseñó 2022
La comparación con el conflicto entre Rusia y Ucrania es obligatoria, y el propio FMI la hace. Hay diferencias favorables: en 2022 las presiones inflacionarias eran previas al choque energético, con desequilibrios heredados de la pandemia de COVID-19, mercados laborales tensionados y abundante liquidez en los balances de hogares y empresas; hoy esos mercados laborales están significativamente más holgados, los balances privados se normalizaron y las presiones previas al choque son más moderadas, aunque todavía por encima de la meta en algunos países.
Y hay diferencias adversas que conviene no minimizar. El episodio Rusia-Ucrania dejó cicatrices: los niveles de precios quedaron permanentemente más altos, la preocupación por el costo de vida sigue muy presente en la memoria de los individuos y eso aumenta la sensibilidad de las expectativas de inflación ante cualquier movimiento de precios. Además, la inflación de 2022 se produjo sobre una curva de oferta agregada inusualmente empinada por los cuellos de botella de entonces, lo cual le permitía al banco central bajar la inflación sin provocar una desaceleración grande; hoy esa curva luce mucho más plana, de modo que llevar la inflación a los niveles óptimos podría resultar más costoso y tomar mayor tiempo en términos de actividad económica que hace cuatro años.
Sin embargo, la OCDE aporta un matiz favorable: en 2022 los mercados de energía y de alimentos estaban bajo presión directa y simultánea, mientras que en 2026 la transmisión opera principalmente por el lado de los insumos y con un rezago que se extendería a la campaña 2027/28. Asimismo, el mundo entró a 2026 con oferta amplia de granos y oleaginosas, lo cual funciona hasta cierto punto como amortiguador de los choques externos, y ayuda a explicar por qué los resultados actuales se ubican muy por debajo de las alzas esperadas.
A manera de conclusión
El episodio de Ormuz deja dos lecciones fundamentales para el análisis económico del sector. La primera es que la distancia geográfica de un conflicto entre naciones no protege a nadie. Lo que transmite el choque no es la cercanía al campo de batalla, sino el “arma geopolítica” usada y la importancia de las cadenas de valor afectadas, en nuestro caso, la energía y su grado de integración con los mercados internacionales. Una región que, aunque aporta apenas el 0,4 % de la producción agrícola mundial, puede mover el costo de producir en cualquier país porque lo que se interrumpió no fue una cosecha, fue un corredor logístico crucial para el comercio internacional.
La segunda es que una variable de mercado como el precio del barril de petróleo no alcanza a ser un termómetro eficiente y mucho menos un oráculo de los efectos económicos: su volatilidad solo es un indicador temporal. Sabemos muy bien que cuando se trata de temas económicos, "el titular se apaga mucho antes que el efecto real".

La nueva realidad en la que se mueve la economía mundial nos deja ver claramente que habrá más episodios como el cierre del estrecho de Ormuz y sus inevitables consecuencias de corto y mediano plazo, ya que, al parecer, la prima de riesgo geopolítico, que antes parecía incipiente en los análisis de mercado, llegó para quedarse y las cadenas de valor globales son hoy más largas e interdependientes que nunca. En la segunda entrega de esta serie se abordará la otra mitad de esta historia: los canales concretos por los que este choque llegaría a la estructura de costos de la porcicultura latinoamericana, y por qué el golpe se pagaría hasta 2027.
By Charly the Economist


